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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

MANUEL T. PODESTÁ l

[RRESPONSA BLE

BUENOS AIRES 1903

MANUEL T. PODESTÁ “7; .

5 e so. Pm y T—IS

Las dos obras que componen este volumen, pertenecen «11 distinguido médico y escritor argentino, Dr. Manuel '!. Podestá, y nacieron en época en que nuestra literatura— después del brillo intenso pero fugaz del romanticismo á lado trance,—comenzó á tomar nuevos rumbos.

Hombres de mundo, como Eugenio Cambaceres; políticcs y jurisconsultos, como Lucio V. López; críticos y eruditos, cemo Pablo Groussac, iomaron en aquel momento la pluma, todos con resultado más ó menos semejante, pero todos con la misma idea de encarrilar ¡ias letras nacionales por nuevos y fecundos caminos.

En los pensadores y en los estudiosos este fué el efecto de una convicción y la instintiva obediencia á una necesidad de enseñar. En otros cue siguizron ciegamente y exage- raron más ciegamente aun el compás iniciado, fué snobismo.

Zola imperaba entonces con la fuerza brutal de su ta- lento, y Daudet lo secundaba admirablemente creando un fondo de realismo ecléctico, sobre el que se destacaban las figuras creadas por el maestro naturalista, con todo el relieve, con todo el color, con toda la acción de que las había dotado. Goliath se apoyaba en el hombro de David, y David crecía en el concepto ajeno, por la heroica apa- riencia de un esfuerzo que no era tal. La fuerza no ha desdeñado nunca la amistad de la gracia, y Ja gracia hu adquirido una fuerza refleja mediante esa unión.

Tal era la época en que Manu-*l T. Podestá arxomó, se presentó y triunfó, en la arena de las letras nacionales, -

——Tenía una gran base para ser escritor y novelista: era médico, y había codeádose con la humanidad que sufre y

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con la humanidad que goza. Es decir, dominaba la teorfa y se hallaba en plena práctica. Podía disecar, diagnosti- car, determinar como Zola; podía sentir, embriagarse con el sentimiento nacido de la observación, como Daudet.

En efecto, nacido en Buenos Aires en 1853, y cursados con éxito los estudios preparatorios, lo vemos, muy joven aun, dedicarse con amor 4 la medicina, y á los veinte años metido en pleno purgatorio humano como jefe de clínica quirúrgica en el antiguo Hospital de Hombres. El artista, el escritor, se formaba bebiendo en la fuente, no en los li- bros, respirando realidad, no adorncs y encajes retóricos.

“Los servicios sanitarios—nos cuenta él mismo, habland» de una época algo más cercana aun,—no andaban en aquel entonces muy ajustados que digamos al sentido común. Imagínese que bajo el mismo techo se asistían los enfermos de viruela y los atacados de afecciones comunes que no cabífan en el Hospital de Hombres, Jleno de enfermos, pu- lulante de microbios, saturado de miserias. Tenfa enton- ces el pomposo título de médico subdirector de tcdos los hospitales muncipales... de los que no existían sino uno y medio, pues el de San Roque estaba á la mitad no por que dificultades, falta de fondos, falta de voluntad... La revolución del 80 me desalojó del puesto. Mejor dicho: renuncié harto de muchas cosas que me ocasionaban una indigestión diaria y me hacían más mala sangre que la de todos los enfermos juntos.”

Se ve el capital que en esta clase de vida reuuiría un hombre estudioso, observador, científicamente preparado, y que á ello unfa tendencias, sentimientos é intuiciones artísticas bien poco comunés. Se ve el desarrollo que, en tal campo de estudio y experimentación, ha podido y ha debido adquirir el espíritu de un psicólogo iniciado, cuya aspiración mayor debía ser la aplicación de sus principios.

—-Si quieres aprender literatura—decía últimamente uno de nuestros escritores,—estúdiala en la ciencia, cualquiera que ella sea, hasta en las mismas matemáticas... No la busques en los libros literarios que no te enseñarán sino una, la ajena, nunca la tuya propia.

Este aforismo había sido aplicado y puesto en práctica por el Dr. Podestá.

Cuando apareció su obra Irresponsable, tuvo la salisfac- ción de cir afirmar que aquello no se parecía á nada, y que sin embargo era bueno.

El libro puede pecar por muchos conceptos, pero es unu obra de observación original, es un documento humano y «constituye la fotografía de una de nuestras épocas ccmo fondo y—<omo figura principal, —de un tipo que, pareciendo de excepción, es sin embargo mucho más común en nuestra raza y en nuestro pueblo de lo que á primera vista se creería.

Es, no una novela en la vulgar acepción del nombre ge - nérico, sino un estudio de estados de alma, la comprobación de una serie de actos psicológicos determinados por una causa fisiológica, y en que los elementos exteriores, ajenc: en cierta manera al motor principal—la herencia,-—se €s- fuman ó toman sólo caracteres generales, como lu: de uni vista panorámica.

El hombre, el sujeto, el y tizonista incierto y sin rum- bo, vacilante y sin carácter, es uno de tantos seres anón:- mos con quienes nos cruzamos todos los días, pero sin em- bargo interesantísimos por mil conceptos, desde que la individualidad humana tiene siempre lagunas de exas que, egrupándose, totalizándose en él, lo caracterizan úescarac- terizándolo de un mod» absoluto. Tan anónimo es, que, comprendiéndolo asf, el mismo autor no le ha dado nombre, sino apenas, como medio de señalarlo, el apodo de El hom- tre de los imanes, inspirado por una de las aventuras de- terminantes de su vida innocua de irresponsable y ciego.

A este lamentable andrajo de humanidad, el autor ha opuesto luego, en Alma de Niña (la otra obra que compone este volumen), una adorable figura boticeliana, arrancada también á la realidad, sin embargo. Adela, su protago nista, tiene por marco la vulgar vida diaria con tudas sus trivialidades, y rodeada por ellas; su espfritu hecho de sen- timientos, palpita como las alas trúómulas de una mariposa, llenas de colores y de luces, que, encerrada en el vaso du cristal, 4 través de cuyas paredes puede ver el cielo, muere al fin de asfixia sin haber volado..

No es cierto que la ciencia ciegue las fuentes de la sen- sación elevada y noble: esto entra ya en el camouo de lu:

perogrullada. La verdad es que c! saber desdeña á veces las causas, admirando los efectos, y sometiéndose á su in- contrastable poder. Entonces el espíritu se refina, el artí- fice deja de someterse al molde y... nace el artista, Ó más hien abandona las ligaduras que lo sujetaban, y vive, 53 «nda, y Crea...

Es lo que ocurre con el Dr. Podestá, cuyas obras ofrece- mos hoy de nuevo al público lector, seguros de su éxito.

¡ Lástima que sus tareas científicas no le hayan dejado tiempo para seguir cultivando las letras con la soberbia libertad que supo conquistarse desde las primer plumada !

En cambio de esas obras, que no desesperamos de ver brotar más tarde como otras tantas flores, como otro“ tantos frutos, de su cerebro observador y creador, lo he- mos visto sucesivaments actuando como médico interno dei Hospital Italiano, jefe del servicio de enfermedades in- ternas en el mismo, secretario, vocal y luego vicepresidente del Departamento de Higiene, y por último—único cargo que hoy conserva, —médico de sala del Hospital Nacion:! de Alienadas.

La obligación de ser sintéticos en estos prólogos, nos ha impuesto la sequedad de estas rápidas notas, que son, sili embargc—-lo esperamos,—muy sugerentes para el estudio- so, y entrañan un buen ejemplo.

¿Vendrá?...

Diez veces se había hecho esta misma pregun- ta y otras tantas la duda había mordido, con sus dientecillos de ratón, el corazón de Adela.

Estará estudiando para el examen... Esta explicación producía una tregua, un momento de calma, pero de nuevo la pregunta, empujada por la zozobra y un tanto de ansiedad angus- tiosa, invadía el corazón de la enamorada; en- tonces, nerviosa y rápida, se encaminaba á -la puerta de calle, para espiar el momento de su llegada... |

Miró á ambos Jados de la estrecha calle; se empinó en el umbral, para distinguir mejor las personas que avanzaban á la distancia, y en un buen momento creyó encontrar semejanza entre aquel á quien esperaba y un joven que tenía su misma manera de andar... ¡Es él!... excla- mó, sin poder reprimir la impresión, pero pron- to se convenció del error, y una nube de tristeza rozó fugitiva su hermosa frente.

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La tarde iba declinando: una tarde de verano,

tibia, serena, llena de resplandor y de polvo de oro, esparcido en el ambiente. - Adela se había arrimado al quicio de la puerta Ms contemplaba desde allí con mirada vaga los ¿varios matiges ; «del+cielo, que formaban en el ho- *rizonte" bandás” cáprichosas de iris, veladas por -qna Lasa «de pintitos «brillantes, en la que pare- car desineruzárse” 1ós rayos del sol poniente.

Nunca había encontrado tan triste y abando- nada la calle, y á medida que avanzaban las sombras, creía descubrir cosas nuevas y pers- pectivas nunca observadas. Algunas casas leja- nas, que sobresalían de la línea, le parecían improvisadas en su sitio; la cúpula de la iglesia ' inmediata brillaba en un punto, como si hubiesen derramado azogue sobre los azulejos de que estaba cubierta.

En la cruz de hierro se habían dado cita las golondrinas, tijereteando con sus colas negras, en tanto que sus compañeras se lanzaban al es- pacio, describiendo curvas y círculos capricho- sos, con las alas tendidas y las miradas fijas en los tejados, donde habían empezado á construir sus nidos.

Los pocos transeúntes que avanzaban, envuel- tos en los reflejos rojizos de los últimos rayos, proyectaban sombras de gigantes.

Una brisa suave, impregnada de olor á tierra mojada, acariciaba el semblante de Adela. Ella continuaba inmóvil, pensativa, mirando fijamen- te el punto brillante de la cúpula, como fascina-

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da, en tanto que por su imaginación cruzaban dudas amargas y resonaban en sus oídos, con eco extraño, los múltiples ruidos de la calle. : Ya no vendrá, dijo de pronto, como contes- tando á sus propias preguntas, y haciendo un esfuerzo y arrojando una última mirada á todos los ámbitos de la calle, vió perderse también esa tarde una esperanza que había alimentado durante todo un día de conjeturas y zozobras... En el patio se detuvo; un pequeño patio ale- gre, circundado por paredes blanqueadas, tapi- zadas de enredaderas olorosas, limpio, inundado de luz durante todo el día y ostentando en el centro un pequeño jardín, formado de macetas que Adela cuidaba con esmero; especialmente una planta de jazmines, cuyas flores estaban destinadas á Emilio, el estudiante que le había trastornado la cabeza. . Adela cuidaba la planta como á un niño mi- _madúo; todas las mañanas, apenas abría la puerta de su cuarto, dirigía una mirada á su jazmín, una especie de saludo á sus flores albas y fra- gantes; luego, se acercaba, aspiraba su perfume suave, mezclándolo con su aliento, y acariciaba sus hojas de verde sombrío, brillantes, lustro- sas, acanaladas y húmedas por el rocío de la noche. | Examinaba con prolijidad el pequeño arbus- to, para darse cuenta de sus progresos, y cuando encontraba una nueva hoja, una pequeña rama, con sus hojitas de verde más claro, experimen- taba una alegría inmensa, algo como el trans-

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porte de una madre que ve asomar un nuevo dientecito de su pequeño hijo.

. Crecía su planta como el cariño que sentía por Emilio.

En verano, cuando los rayos del sol hacían languidecer sus hojas y teñían de amarillo los pétalos de las flores, Adela se apresuraba á formar un toldo para protegerlas, pero con tal esmero y con tanta coquetería infantil, que el atavío de la planta le hacía sonreir. Era una verdadera toilette de todas las mañanas, que le valía no pocas burlas de sus amigas, y especial- mente de su vieja tía, al lado de la cual vivía.

En invierno la paseaba por todo el patio, buscando el calor y la luz, como á uno de esos enfermitos pobres y tullidos, que son arrastra- dos en cajones con ruedas, buscando en el am- biente tibio un tónico para sus carnes macilentas.

La planta era hija de Adela; ella le había dado vida con su aliento, con su cariño, con la proli- jidad esmerada de sus cuidados; tenía una his- toria, una historia como la de esas huérfanas que caen bajo el amparo de manos piadosas, que las crian, las educan y las convierten, de niñas pobres y de escala humilde, en señoritas que pueden figurar entre las más distinguidas.

En los primeros tiempos de sus amores, Emilio le había llevado una tarde un hermoso jazmín, rescatado á vil precio del cesto de los vendedores ambulantes. Adela procuró hacerle vivir todo el tiempo que pudo, teniendo su tallo sumergido en el agua y cubriéndolo después

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con una copa de vidrio. Cuando lo vió entris- tecerse, replegar sus pétalos amarillentos y mar- chitos, que fueron cayendo uno á uno, sintió ella también una mezcla de tristeza y descon- suelo; luego, una ráfaga de alegría repentina, al pensar que ese vástago diminuto podría germinar, echar raíces y convertirse en planta. Recogió cuidadosamente los restos de la flor que acababa de morir, los amortajó en un finí- simo papel de seda, y en la página predilecta de su devocionario fueron á descansar piadosamen- te, acariciados por el recuerdo y por los besos que fingía dar á las estampas bendecidas.

Al tallo, todavía erguido y provisto de algunas hojas, lo sumergió dentro de una botella con bastante agua, y á ésta, colgándola de un clavo, la puso fuera del alcance de las manos profanas de su vieja tía.

Era curioso observar cómo Adela espiaba los menores cambios que se operaban dentro de la botella. Poco á poco se fué enturbiando el lí- quido; al principio tomó un color verdeclaro; luego, muy intenso; por último, apenas se dis- tinguía al través del vidrio el pequeño vástago. Entretanto, preparaba Adela una maceta de ba- rro cocido con la minuciosidad de detalle con que se prepara el alojamiento de una novia: la mejor tierra, la más negra, elegida casi grano por grano, tamizada después con precaución, regada y removida por algunos días, durante cuyo intervalo el pequeño vástago había empe- zado á cubrirse de una pelusa fina, compacta,

filamentosa, hasta que en un buen momento se convenció Adela de que el proceso de germina- ción estaba terminado.

Tomó la botella y con la precaución con que la clueca rompe el cascarón para que el polluelo salga ileso, así rompió Adela el vidrio de aqué- lla. Con golpecitos suaves al principio, como para tantear .la resistencia; con choques más fuertes después, sirviéndose primero del canto de un cuchillo, reemplazado en seguida por una lima vieja que halló á mano, rodeada la opera- ción de todos los miramientos requeridos, se llevó á cabo con el más completo éxito, salvo una pequeña herida que se hizo Adela, en un descuido, en la yema del pulgar izquierdo, y que hubiera pasado inadvertida si una gota de sangre roja, brillante como un globulillo de vidrio, no se hubiese depositado sobre una de las maceradas hojas del vástago, levantando en el espíritu supersticioso de Adela una sombra de contrariedad.

Instalada ya en su alojamiento, protegida del viento y de las lluvias por un invernáculo im- provisado, creció la planta como una criatura mimada, pasando al poco tiempo de la maceta á un recipiente más amplio, preparado esta vez por Adela y por Emilio, mientras sus cabezas, inclinadas sobre la planta, rozaban sus cabellos, y sus manos, hundidas en la tierra húmeda, enfangadas, negras, se buscaban para entrelazar- se y comprimirse en contracciones nerviosas, como una promesa de no abandonarse jamás.

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Cuando Adela descubrió el primer botón, tuvo arrebatos de alegría de niño que posee el jugue- te que más deseaba. Daba saltos y palmadas á su alrededor, llamaba á la viejecita con voz emo- cionada, acariciaba la planta, abrazando sus ra- mas como hubiera abrazado la cabeza de Emilio, dando repetidos besos á cada una de sus hojas, en tanto que decía: ¡Ah mi plantita querida... mi queridita... mi hijita... cuánto te he cuida- do!... Y luego, pensativa: La primera flor es para él; sí, para él... no... no es para él... es para la Virgen... Y con acento de ingenuidad y promesas de enamorada, corría hacia la puerta para ver si la casualidad hacía llegar á Emilio y podía comunicarle tan fausta nueva.

Una buena mañana despertó Adela con la se- guridad de que su jazmín estaba en flor. Saltó de la cama precipitadamente, abrió los postigos de su habitación y miró hacia el patio. Aquello era una maravilla: una flor blanquísima, abierta como el seno de una virgen, se destacaba del fondo verde sombrío de las relucientes hojas; era gemela de la que le había traído Emilio; no, era su hija primogénita, la más bella, la más fragante, la que debía presentarle á la noche, como el símbolo de su cariño y de sus pro- mesas..

Las flores que -había producido esa planta, marcaban una por una las horas de su felicidad, que se llevaba Emilio en el ojal de su levita, como una prueba de su constancia.

Crecía cada vez más frondosa y fecunda;

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hubo día en que se abrieron hasta diez flores á la vez, exhalando su perfumado aroma por to- dos los ámbitos del patio. Emilio y la Virgen tenían su reparto por igual. Adela había consti- tuído escrupulosamente esa sociedad, y por nin- gún motivo hubiese permitido que otras perso- nas poseyeran las flores de su planta predi- lecta. Cuando no había más que una, echaba la suerte; si ganaba la Virgen, Adela se quedaba mustia, tomaba con displicencia la flor y la co- locaba en el vasito de cristal de su cómoda, dirigiendo á la imagen sagrada una mirada casi de reproche. ¡Cuánto hubiera deseado que la Virgen hiciese un milagro; que le dijese: Llé- vatela, entrégasela á él, yo estaré satisfecha, pero su virgen no era de las que hacían mila- gros por tan poca cosa y se quedaba con su carita rosada, fresca, de virgencita satisfecha, disfrutando del perfume de la flor. En un día de gran lluvia y viento la planta _-—£stuvo á punto de zozobrar, como otras de sus compañeras; en cada sacudida, en cada estre- mecimiento, cuando veía que las ráfagas pasa- ban furiosas entre sus ramas echando al aire sus hojas, como un ladrón que abandona, huyen- do, la presa robada; cuando la veía revolverse con desesperación, como si tuviese un ataque convulsivo, y quedar después chorreando agua, como un perro que sale del río y se sacude en la orilla, participaba ella también, detrás del vidrio, de las conmociones de su planta, y cuan- do al día siguiente la veía de nuevo más bella,

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más reluciente, más fragante y con flores que se habían abierto durante la noche, más blancas, más frescas, más erguidas, prometía á la Virgen duplicar sus derechos en el contrato, con tal de que salvase á esa hija adoptiva de sus cuidados y de su cariño...

En las tardes que había esperado en vano á Emilio, las flores habían languidecido, se habían marchitado, y aun algunas se habían desprendi- do, para caer al pie, secas, enjutas, amarillentas, - como si una vejez prematura las hubiese arran- cado, enfermas y desfallecidas, del tallo que les daba savia y vida.

Esa vez también Adela las cortó con tristeza: eran tres; la última, la que había abierto en el día anterior, tenía el color del marfil viejo, se había inclinado ya hacia la tierra y empezaba su agonía de flor marchita.

¡Ah, ya no vendrá!... No qué pensar... se dijo Adela con desaliento. Seis días que no lo. veo, que no me escribe... El corazón me anuncia algo muy triste... Y sin poder conte- nerse, con una emoción súbita, sintió un golpe de sangre en la cara, una impresión dolorosa en las sienes y algo como un vapor caliente que invadiera su cerebro... Sobre la flor amarillen- ta cayó una lágrima que fué absorbida inme- diatamente; la vió desaparecer como si aquella flor la sepultara en su cáliz para compartir su dolor... Adela miró fijamente la planta; trému- '- la y desfallecida, evocó todos los detalles de su historia de planta huérfana, como ella la llama-

as

ba, y recordando la mancha de sangre que de- jara su dedo herido sobre una de las hojas, se estremeció, y algo como un presentimiento le infundió terror; le parecía descubrir en cada una de las hojas, como brotando del verde som- brío, una gota de sangre rutilante.

Dominada por esta alucinación, abandonó el patio y fué á caer de rodillas ante la imagen de la virgencita risueña, que parecía contemplarla con el aire y el engreimiento de una aldeana ataviada con sus ropas domingueras.

TI.

Adela no era una belleza.

El poeta no habría sacado gran partido del corte de sus labios, ni del color del iris de sus ojos expresivos, ni de sus cejas bien arqueadas y tupidas.

Si alguien hubiese dedicado versos á su her- mosura, lo habría echadó á broma, y proba- blemente se hubiera dicho para sus adentros que el vate era un embustero. Ella se conten- taba con ser simplemente una buena muchacha, crédula, religiosa, enamorada, sorprendida por una pasión en la edad en que el corazón domi- na la cabeza y en que la ignorancia es una vir- tud para la mujer que no aspira más que á la felicidad del hogar.

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Se destacaban en su tipo físico los rasgos pe- culiares de una mujer simpática y podía verse al través de su pupila la superficie tersa de una alma candorosa. En su fisonomía, de líneas suaves y correctas, dominaba un aire de bondad y de distinción que imponía una respetuosa de- ferencia, á pesar de su modesta posición social.

Cuando se le oía hablar, se encontraba en el timbre de su voz una vibración tan especial, una armonía tan dulce en la inflexión del tono con que se expresaba, que desde ese instante se la observaba con curiosidad y se la escuchaba . con placer. Si había un poco de animación en sus palabras, la expresión de sus ojos, antes tranquila y reposada, proyectaba fulgores extra- ños, que se irradiaban en su fisonomía para levantar en cada músculo, en cada línea, con- tracciones armónicas, que transformaban repen- tinamente su rostro, dándole los atractivos de la belleza, como una concesión fugaz que hacía avivar más el deseo de completarla, como teme- rosos de perderla. |

—Póngase linda, solía decirle Emilio cuando ella tenía su expresión habitual de seriedad y de bondadosa calma.

—» Cómo?

—Pero muy fácilmente: queriéndala

—Luego, yo no soy linda siempre, —agregaba Adela sonriendo.

—Ya empieza á serlo; cuando sonríe, los la- bios toman otra expresión; no tienen el corte y la severidad de los labios fríos y descoloridos de una inglesa.

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—-¿Y basta con que sonría ?

—En fin... ya es algo... y si á una sonrisa le agrega una mirada de esas que guarda para las grandes ocasiones, —exclamba Emilio riéndo- se, —su fisonomía cambia de aspecto.

Adela ensayaba entonces con ingenuidad de niña las sonrisas y las miradas que tanto com- placían á Emilio... y efectivamente, la trans- formación era inmediata.

-—Asf... así, —repetía Emilio, batiendo las ma- nos.--¡Qué linda está ahora!

Adela se sonrojaba, bajaba los párpados y devolvía á su semblante el tono de gravedad propia, añadiendo con tristeza: que no soy linda, pero en cambio... Nueva ocasión para sonrojarse aún más, para levantar los párpados y dirigir á Emilio una de aquellas miradas in- tensas, escudriñadoras, desconfiadas, de esas que van en busca de otra igual que corresponda á la intensidad de la pasión que las provoca. Emilio comprendía toda la significación de estas miradas. Sabía muy bien que Adela, á pesar de todo su cariño, alimentaba en el fondo de su alma una duda amarga respecto del porvenir. El mismo, sin darse cuenta del por qué, tenía el presentimiento de que Adela sería desgracia- da.—¿Por qué, —solía preguntarse muchas no- ches, cuando se retiraba de su lado,-—he de abrigar dudas respecto de nuestra felicidad fu- tura? ¿No la quiero acaso con intenso cariño? ¿No sería capaz de hacer cualquier sacrificio por ella? ¿No lo abandonaría todo por complacerla?

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Y entonces ¿por qué cruzan por mi espíritu esas ráfagas de desconfianza respecto de mismo? Pronto concluiré mi carrera, tendré una posición independiente, tal vez holgada, y podré corresponder mejor al cariño de Adela, cumpliendo mi promesa.

Adela, por su parte, quedábase pensativa, con- trariada.—¿Acaso no he sido demasiado expan- siva con Emilio, no he sabido interesarle con mi conversación, no he podido atraerlo tanto cuanto deseara?—HEstas y otras preguntas se levantaban como sombras inquietantes en su espíritu.—Pero yo no puedo hacer lo que hacen las demás; yo no puedo tutearlo, no puedo per- mitir que me tome las manos á cada instante, ni concederle que me bese como á un niño cuando se aproxima á conmovido y con la voz temblorosa. j

Estas mismas reflexiones, esta' defensa contra su propia debilidad, aumentaban aún más su inquietud y la hacían pensar en que tal vez no era así como debía conducirse; en que Emilio acabaría por encontrarla demasiado fría, excesi- vamente reservada, y en que, al fin, concederle que le comprimiera las manos y le besara las mejillas, en nada podía comprometerla. Mañana voy á tutearlo apenas entre, —exclamaba de pron- to; —voy á decirle todo lo que he pensado de él y de mí, los escrúpulos que he tenido... ¡Ah, si me engañara! Al fin es un estudiante, lleno de aspiraciones y de promesas; poco conoce el mundo y la sociedad... mañana tal vez encuen-

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tre otra mujer que le ofrezca mayores halagos, más brillantes atractivos, una posición encum- brada... ¿y entonces?... ¡Ah, no es posible!-— exclamaba Adela con los ojos humedecidos; —no podrá olvidarme, no, no querrá engañar á una pobre muchacha como yo... sería capaz de mo- rirme si esto sucediera... Volvíase en ese ins- tante hacia su vieja tía, que dormitaba en su sillón; le daba un abrazo fuerte, cariñoso, be- sándola en la frente, á cuyas demostraciones correspondía la vieja señora con un: ¡Jesús, niña, te has vuelto loca... tienes unas cosas... si me has dado un susto! |

—No te enojes, viejita, no te enojes; tanto, tanto te quiero y soy tan feliz, que necesito quererte más para que comprendas que no soy ingrata... ¡Si supieras lo que me ha dicho Emilio esta noche! Él también te quiere mucho. Cuando nos casemos,-—añadía Adela, riéndose con la ingenuidad que le era propia,—tendre- mos una casa mejor, más grande, más linda, con balcones á la calle, para sentarnos á tomar el fresco en el verano: sala, antesala, luego su cuarto de*estudio, mi costurero, nuestro aposen- to... ¡Oh, qué lindo será todo eso! Ríete, tía, ríete; ¿Por qué estás tan seria? ¿estas cosas no te halagan?... también tendrás tu salita, tu pieza bien amueblada, con estufa... porque sufres ya mucho los rigores del frío, ¿no es cierto, mi viejita ? —Y Adela volvía á abrazar á la anciana señora, que la miraba con cierta mez- cla de curiosidad y de tristeza. --Pero ¿qué tie-

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nes?... estás callada, tía, no me contestas, nou participas de mi alegría ?

—Sueños de niña... la felicidad no está en todo eso, —replicó la viejecita con tono sentencioso.

—La felicidad, la felicidad, —exclamó Adela, como pronunciando una frase cuyo significado le fuera desconocido—la felicidad... ¿Acaso no soy feliz? ¿No soy feliz, tía? —insistió la niña con tono melancólico.

-—Pero, niña, ¿te has vuelto loca?...

-—Sií, tía, estoy loca, loca de alegría, de placer, de... yonosélo que me pasa... ¡ah!... ves... ahora me da gana de llorar... qué tonta soy. si ya estoy llorando —exclamó Adela como enfa- dada consigo misma, mientras enjugaba dos lá- grimas que se deslizaban por sus mejillas son- rosadas por la excitación.

La viejecita continuaba en su actitud reservada, dibujando apenas una sonrisa en sus labios descoloridos.

-—Tía, ¿tú no has estado enamorada nunca ?-—- exclamó de pronto Adela, como para leer en el fondo del corazón de la señora, que miraba con tanta frialdad la expansión de sus sentimientos.

—¿Yo?... ¡Jamás! niña.

—No te creo; algún amorcillo habrás tenido allá en tus buenos tiempos... no te creo—repi- tió Adela, acariciaudo la cabeza de la anciana como si fuese un niño.—¿ Nunca, nunca has te- nido amores?

—Pero, Adela, esta noche estás insufrible con esas explosiones; ¿qué te pasa? ¿qué te ha

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dicho ese enamorado que tanto trastorna tu ca- beza ?

- -¿Qué me ha dicho?... pues me ha dicho que tu serás la madrina de casamiento, —añadió Adela, riéndose de nuevo; y sin dar tiempo á que su tía le contestara, se sentó al piano y lanzó al aire las notas más bellas «de su reper- torio

TIT.

La salita de Adela era un nido de chucherías: una salita azul, alegre, con dos ventanas que daban á la calle, cubiertas con cortinillas de tul blanco.

En medio de ellas estaba el piano, sobre el cual había colocado una colección de pequeños objetos de arte, regalos de Emilio casi todos. Monaditas de poco valor, pero dispuestas con tanto gusto y adornadas con tanta gracia, que engañaban perfectamente la vista, desempeñan- do un papel superior á sus méritos.

Adela solía decir á veces con cierto engrei- miento cómico y como para provocar las muecas desdeñosas de la vieja tía:

-—Esos bibelots son la última moda.

——¿ Qué has dicho, niña ?

—-¿ Tía, usted no sabe lo que son bibelots ?--- preguntaba Adela riéndose y pronunciando la palabra con un dejo parisiense.:

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La vieja señora hacía un gesto desdeñoso por las figuritas clasificadas en lengua extranjera y se abanicaba con aparente indiferencia, pero en el fondo atufada por la ignorancia que su sobri- na ponía en relieve.

Adela corría á abrazarla con transportes efu- sivos, en tanto que le decía:

—No se enoje, mi viejita... ya que no le gusta que llame las cosas con nombres extra- ños... ya no lo volveré á decir... en cambio diremos: figuritas, hombrecitos barrigones, flo- reritos de terra cotta... no, no, floreritos de... no, esto no, tía, terra cotta es muy fácil... tierra cocida.

—¿ Pero, niña, me crees tan ignorante?

—No, no... tía, si ya que usted no es ig- norante.

—No creas, Adela, no creas; estás en un error, con tus bibelotes y con tus terras cottas y... ¿qué más?... te digo que estás en un error... esos mamarrachos de vidrio, de barro cocido, esas figuritas, algunas hasta indecentes, como esa que representa á una francesita loca en traje de baño, no se permitían en mi tiempo, no. En cambio, señorita, sepa usted que en nuestra sala había buenos jarrones de la India, lindos flore- ros de porcelana con paisajes primorosos, her- mosísimas, muy hermosísimas urnas de cristal, cubriendo flores artificiales que hoy ya no se - ven, pájaros embalsamados de colores precio- sos... ¡Vaya unos gustos los de hoy!... bibe- lotes, bibelotes... ¡indecencias!... Vamos, niña,

—%-

no seas majadera,—agregó la anciana señora, ha- ciendo un movimiento de impaciencia y cam- biando de postura en el sillón en que estaba arrellenada.

Adela reía estrepitosamente, y para calmar el despecho de la viejita, tomó la baigneuse que estaba colocada sobre el piano, la acarició como á un gatito, y luego, poniéndola de frente ante los ojos de la enfadada tía, exclamó:

—¿Pero dime si esta bargneuse... no, he di- cho mal... si esta madamita, con su cuerpecito arqueado y sus formas tan esbeltas, no es un modelo de gracia y de belleza ?

—¡Sal de aquí con esa desvergonzada!... mu- cho me extraña, debo decírtelo muy seriamente, que ese despreocupado de Emilio te haga se- mejantes regalos y que tú... en fin, déjame en paz con tus... ¿cómo has dicho?

—Bibelots, tía...

—Bueno, bueno, lo que sea... basta ya de bibelots.

—¿ Pero si son obras de arte, tía ?

—¡Obras de arte!... mostrar lo que las bue- nas costumbres mandan que se oculte... ¡Jesús, niña, de veras que te desconozco!... Adela cam- bió de actitud, comprendiendo que su tía podía irritarse; cólocó con precaución la figurita en el sitio que tenía destinado, y acercándose lenta- mente á la viejita, la miró con dulzura, con ex- presión tierna, tendiéndole la mano, y le dijo:

——Bueno, mamita, hagamos las paces; ya no te haré estas travesuras... si era todo de broma.

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Sonrió la viejita, viendo que Adela parecía haber tomado á lo serio el reproche, y como si' nada hubiese pasado, le preguntó de impro- viso: |

—¿Quién predica en San Telmo esta noche?

—¿Para la función de San José?

—¡ Dios mío, Adela, ya no sabes ni el día de los santos! ¡Si para la fiesta de San José faltan dos meses!... ¡Qué vergúenza!--exclamó la vie- jita, comprimiéndose las sienes con las palmas extendidas... Si yo te digo la verdad... tu ca- - beza anda mal; es claro, es claro...

Adela se ruborizó un tanto... Era cierto, se había olvidado un poco de los santos y hubiera levantado un conflicto en su conciencia el re- proche de la anciana, si en su partida de ora- ciones no hubiese tenido un gran déficit en favor de la Virgen, de su virgen protectora,-- déficit egoísta, como el de todos aquellos que hacen ofrendas al cielo para recabar beneficios en la tierra.

La viejita se quedó mirándola con sorna, como diciendo: ¿ves? con esta me pagas la de los bibelots; pero, al mismo tiempo, no quería prolongar la tortura de Adela, de manera que cambió rápidamente el giro de sus pensamien- tos y afectando un interés mezclado de cariño, le preguntó:

—¿ Cuándo se recibe de doctor Emilio?

Adela se estremeció involuntariamente, sin saber por qué; le sonaba mal oir que á Emilio le llamasen doctor. Para su felicidad, para su

completa felicidad, le hubiera bastado que Emi- lio fuera así sencillamente, Jemilio, sin títulos y sin ruido. Un vago presentimiento nublaba su felicidad; le parecía que el título la distanciaba de su cariño, abriendo una brecha en su vani- dad, y que ella, modesta, buena, cariñosa y apasionada, no llenaría las aspiraciones de su novio una vez que fuese todo un doctor de campanillas.

Eran quimeras de su imaginación, que des- vanecía prontamente la viejita, á la cual con- fiaba, como á una amiga cariñosa, todas sus intimidades, todas sus zozobras, todos sus an- helos. :

Largas horas pasaba en la salita azul, sentada - al lado de su tía, complaciente y buena, procu- rando que la conversación girase al rededor del tema predilecto: el cariño inmenso que tenía por Emilio, la pasión que ella había sabido ins- pirarle, á punto de que todos los momentos de que podía disponer eran para ella, para ella sola, que absorbía completamente el tiempo del joven enamorado, sin perjuicio muchas veces de descuidar sus tareas de estudiante.

Escuchábala la viejecita, vestida de negro, con su carita de mujer inteligente y desengañada de la vida, mirándola á veces de hito en hito, por encima de la armadura metálica de sus ante- ojos, alarmada por la vehemencia con que se expresaba Adela respecto de su felicidad.

Con las manos puestas sobre las faldas, dos manos pequeñas, largas, enjutas, mostrando los

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nudos salientes de las articulaciones de las fa- langes, cubiertas por una piel reluciente, for- mando pequeños pliegues salpicados de manchi- tas obscuras como lentejas; dos manos frías, un tanto temblorosas, y que se agitaban con mo- vimientos rápidos cuando la viejita quería dar más acción á la actitud que asumía para dismi- nuir los entusiasmos de la niña.

—¡Cómo me gusta verte así!--exclamaba en- tonces Adela, levantándose del sillón antiguo, de respaldo cóncavo, tapizado de damasco, en- cuadrado en un marco de jacarandá, el gran lujo de la sala. —Así me agrada verte, mamita, un poco enojada, y, riéndose del enfado de la señora, acababa de dirigirle una de esas pre- guntas á boca de jarro que tanto la a raban.

—¡Ah! ¡eres una atolondrada, déjame de tus amoríos y de tus perspectivas para el por- venir!

—¡ Pero, mamita!...

—¡ Pero, Adela!... Siéntate y conversa con se- riedad, háblame cuanto quieras de Emilio, de ti, de sus promesas, de su inteligencia...

—Es un talento exclamó Adela e piéndola.

--Ves, niña, vuelves á las exageraciones; está bien, será un talento, pero un talento que se está formando y que tiene mucho que andar y que hacer para que se le crea así. ¡Ah, para los enamorados todo es superlativo! Mañana dirás que es un Adonis. agregó la viejita en tono de burla.

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—¡ Y lo es!—replicó Adela.

—Te compadezco, Adela; eres una niña inge- nua, que todo lo ves color de rosa, que tomas las hebras doradas que penetran por las rendi- jas en día de sol para anudar con ellas todas las promesas de Emilio... ¿Ves cuán frágil es una de esas hebras?... Pues así son frágiles los vínculos de los enamorados.

—No, no, mamita, no hables así; no quiero, no quiero—exclamó Adela, juntando las manos en actitud de súplica.—¡Ah pesimista, agregó en tono de reproche, es que jamás has es- tado enaniorada!

—¡Yo!—exclamó la viejita, abriendo los ojos con azoramiento y levantándose con rapidez del sillón.

Al verla así, Adela se sobresaltó; miró fija- mente á su tía y creyendo haberla ofendido en su exaltación, se precipitó sobre ella y la abrazó de nuevo, diciéndole al mismo tiempo:—perdó- name mamita, perdóname, soy una perversa; ¡ah! no creía ofenderte.

La viejita había vuelto al sillón como una in- consciente; miraba á su sobrina sin proferir una palabra; había recibido sus caricias y sus protestas sin atinar á corresponderlas; se sentía oprimida, como si una mano fría le estrujara el corazón.

—No es nada, no es nada, hija mía—se apre- suró á decir después de un intervalo de silen- cio;—he sentido aquí dentro algo como un hielo, - agregó la viejita señalando la región del co- razón, pero ya ha pasado, ya ha pasado..

y NN

- El hecho es que Adela se quedó pensativa y preocupada, viendo la actitud de su tía, y que, sin darse cuenta ella misma de la causa, per- maneció también callada, sentada en un sillón frente al de la anciana.

Así estuvieron las dos un largo rato, entre. gada cada una á sus pensamientos íntimos; la viejita anudando en su memoria los aconteci- mientos de su juventud, reproducidos en Adela con. log mismos entusiasmos, los mismos arran- ques, los mismos ensueños de felicidad, borra- dos por el tiempo, por los desengaños, por las amarguras de una existencia contrariada, ven- cida al fin por los años, como una planta des- gajada y ya sin tierra donde adherir sus raíces.

El destino había sido cruel para con ella: sus amores se habían derrumbado en plena juven- tud y había tenido que caminar sobre ruinas cuando sentía aún dentro de toda la savia para alimentar una pasión. Había tenido fe, es- perando resignada que el ideal se presentara de nuevo con formas seductoras, pero ya su sensi- bilidad se había transformado y las ilusiones, que antes daban impulso á sus sentimientos, encontraban ahora resistencias incomprensibles, puesto que ella misma se preguntaba alarmada: ¿por qué soy indiferente á estos halagos que antes tenían para tanto atractivo?

Era que el desengaño le había arrebatado á esa edad gemela de la juventud, la primera, la más ardiente, la que se vive en un día y se desvanece en un soplo; se había encontrado, al

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día siguiente de una noche de insomnio y de lágrimas, con el espíritu sereno y resignado de una persona que ha sufrido una gran desgracia y que se prepara á luchar con las adversidades del porvenir. Estos recuerdos se agolpaban á la imaginación de la anciana y le traían, como re- toños de vida, su propia imagen de otros tiem- pos: bella, alegre, elegante, festejada y después... después la senda escabrosa de la mujer sola, sin familia y sin más afección que Adela, que había criado desde muy niña, á quien idolatraba y por la cual sentía una ternura infinita, un verdadero cariño de madre. Ella sólo pedía á Dios que la hiciese vivir hasta el momento en que pudiese ver realizados los anhelos de la niña, contemplarla feliz, unida al hombre de su predilección, y en seguida... no quería nada más... su salita azul, para pasar largas horas leyendo su libro de oraciones. La felicidad de Adela era la suya propia, que venía después de tantos años á marcarle el final de la jornada. Y ella la pretendía doble; la suya, la que le per- tenecía, á la que creía tener derecho como cria- tura buena, y la de su querida niña, que tanto la merecía y que tanto había hecho para con- quistarla. |

Levantaba desde lo más íntimo de su ternura de madre adoptiva un sentimiento delicadísimo, que hubiera podido traslucirse en la expresión con que contemplaba á Adela, y estaba á punto de derramar lágrimas, cuando la interrupción brusca de su sobrina la desvió de sus pensa- mientos.

y

—¿Qué estás meditando, mamita ?

—Estaba rezando--exclamó la viejita sin ati- nar otra contestación.

—¿Rezando?

—Si... las viejas rezamos. calladas...